La autoestima va mucho más allá de simplemente "sentirse bien con uno mismo". Descubre los componentes esenciales para construir una autoestima resiliente que perdure ante los desafíos de la vida.
Muchos de nosotros, si nos preguntan qué es la autoestima, podríamos responder con facilidad. Hemos escuchado tanto sobre el tema que, en ocasiones, llegamos a considerarnos “expertos” en él. Desde el hogar nos enseñaron que tener una buena autoestima es fundamental para llevar una vida plena y feliz. Solemos asociarla con la seguridad, la confianza e incluso con un rasgo atractivo en la personalidad.
Todos, en algún momento, hemos luchado por mantener nuestra autoestima en un nivel saludable. Sin embargo, algunos han desistido en el intento, lo que en ciertos casos ha derivado en dificultades emocionales significativas.
A lo largo de este proceso, exploraremos los verdaderos pilares de la autoestima, yendo más allá de su definición común o de su interpretación como simple autoconfianza. Profundizaremos en su significado real y en el valor que tiene dentro de nuestro crecimiento y desarrollo personal.
1. Autoconciencia: Construyendo una visión realista de uno mismo
La autoconciencia es la capacidad de identificar nuestras emociones, pensamientos, fortalezas y áreas de mejora sin caer en la autocrítica destructiva. Esta distinción es esencial. Con frecuencia olvidamos que la autocrítica sana implica reconocer, con sensatez y humildad, los aspectos de nuestro repertorio conductual que aún necesitan pulirse. Sin embargo, muchas veces la transformamos en un mecanismo de autocastigo, concluyendo que somos “insuficientes” o “malos” en algo, cuando en realidad simplemente nuestro nivel de competencia aún no ha alcanzado un desempeño óptimo.
Desde la neuropsicología, este pilar se relaciona con la actividad de la corteza prefrontal medial, responsable de procesos como la reflexión, la evaluación y la autorregulación. Preguntas como: ¿Quién soy? ¿Qué siento? ¿Por qué actúo de esta manera? ¿Cómo podrían verme los demás? ¿Cómo verifico si lo que pienso es realmente cierto? Todas apuntan a la capacidad humana de observar nuestro mundo interno y actuar en concordancia con esas conclusiones.
Cuando la interpretación que hacemos de nuestra realidad se basa en una estructura lógica, realista, congruente y comprensiva, logramos ubicarnos en un estado de bienestar que nos permite valorar nuestra vida con mayor claridad y equilibrio. Es desde ese lugar donde puede surgir una autoestima sana, capaz de afirmar:
“Soy valioso, y también puedo mejorar en esto sin atacarme por ello.”
Este tipo de autoconciencia fomenta un sentido interno de identidad estable y coherente, un componente fundamental del bienestar psicológico.
2. Autocompasión: Ser aliado de uno mismo, no enemigo
La autocompasión no significa excusarnos ni evadir la responsabilidad. Significa aprender a tratarnos con la misma amabilidad y respeto con los que trataríamos a un ser querido. Implica reconocer que cometimos un error, aceptar el dolor que pueda generar y entender que ese hecho, aunque difícil, forma parte de la experiencia humana. Desde ese lugar, la autocompasión nos invita a practicar el perdón hacia nosotros mismos y a acompañarnos con comprensión en lugar de castigarnos.
Según las investigaciones de Kristin Neff, la autocompasión reduce la ansiedad, la rumiación y la activación del sistema de amenaza, regulado por la amígdala. En cambio, activa el sistema de calma y seguridad, vinculado a la oxitocina. (Neff, 2021)
Una persona con una autoestima sana entiende que equivocarse no disminuye su valor. Reconoce que el error y el fracaso, aunque resulten incómodos, forman parte del aprendizaje y pueden convertirse en oportunidades valiosas para el crecimiento personal.
3. Límites saludables: Proteger lo que somos
A menudo nos cuesta poner límites porque, en el fondo, esto conlleva enfrentar el miedo al rechazo, cuestionar las idealizaciones sobre lo que "debemos" poder hacer, y renunciar a la necesidad de controlarlo todo.
Decir “no”, priorizar el autocuidado y reconocer nuestras necesidades son actos fundamentales para sostener una autoestima firme. Para ello, es crucial superar el miedo a expresar un “no puedo” o un “no quiero”. Estos límites, lejos de ser un acto de egoísmo, constituyen una forma de autoprotección que nos permite evitar situaciones riesgosas o desgastantes. Al honrar lo que es mejor para nosotros, no solo nos protegemos de nuestras propias exageraciones y afanes desmedidos, sino que también creamos espacio para interacciones más sanas y respetuosas con los demás. Los límites no se tratan de controlar a otros, sino de definir con claridad qué es aceptable y qué no para nuestro bienestar emocional.
Un adulto con buena autoestima no se abandona para complacer; entiende que respetarse a sí mismo es indispensable para relaciones sanas.
4. Responsabilidad personal: Reconocer nuestra capacidad de influencia
La responsabilidad social representa otro de los complejos desafíos en nuestro comportamiento. Aunque este compromiso se define por factores como la crianza, el contexto sociocultural y las experiencias personales, lo cierto es que a menudo subestimamos el impacto colectivo de nuestras acciones, sin ser plenamente conscientes de su valor e influencia en los demás.La responsabilidad personal implica asumir nuestras decisiones sin caer en la culpa excesiva o perfeccionista.
La neuropsicología señala que, cuando ejercemos responsabilidad, se activa el circuito dopaminérgico del logro, fortaleciendo la sensación de agencia: la percepción de que podemos influir en nuestra vida.
Esto no significa controlar todo, sino aceptar que sí tenemos un papel en nuestra historia, lo que aumenta la sensación de competencia y estabilidad emocional.
5. Relación con la vulnerabilidad: Aceptar nuestra humanidad
La autoestima crece cuando dejamos de escondernos detrás de máscaras y aceptamos que sentir miedo, tristeza o incertidumbre no es un signo de debilidad. Muchos huyen de la incertidumbre por el espejismo de la certeza de seguridad. Según Langer, las personas tienden a creer que pueden controlar o predecir más de lo que realmente pueden. Esto genera una falsa sensación de seguridad, especialmente en situaciones inciertas. El cerebro prefiere una respuesta simple y segura antes de aceptar la complejidad y la incertidumbre de una situación. La necesidad de obtener un cierre cognitivo, esa respuesta que disipa nuestras dudas, nos lleva a forzar nuestra experiencia para crear una "ilusión de seguridad".
La investigación de Brené Brown muestra que la capacidad de conectar emocionalmente con otros depende de cuán seguros nos sentimos al expresar nuestra vulnerabilidad (Brown, 2013).
Aceptar la vulnerabilidad activa procesos de regulación emocional que permiten integrar experiencias difíciles sin dañarnos internamente.
6. Propósito y sentido: Saber hacia dónde queremos caminar
Una autoestima sana no nace solo de pensar bonito sobre uno mismo, sino de saber hacia dónde queremos dirigir nuestra vida. Cuando no tenemos claros nuestros valores, es fácil que el día a día nos arrastre: los impulsos, las ganas del momento, el deseo de sentirnos bien rápido. Sin darnos cuenta, esa búsqueda constante de placer o alivio se vuelve nuestra guía, y empezamos a decidir desde lo inmediato, no desde lo importante.
Y en ese camino, nuestras relaciones pueden volverse frágiles. Comenzamos a dar y recibir afecto como si fuera un trueque emocional, reaccionando según cómo nos sintamos en el instante, y no desde lo que realmente queremos construir. Así, poco a poco, podemos alejarnos de la autenticidad y del amor genuino que sostienen vínculos sanos.
Tener metas, valores claros y un sentido de propósito fortalece nuestro sistema motivacional, especialmente en áreas del cerebro como la corteza prefrontal medial, encargada de orientar nuestras decisiones hacia aquello que realmente consideramos significativo. Cuando construimos una dirección valiosa en las distintas áreas de nuestra vida, nuestros objetivos se vuelven más específicos y nuestras acciones adquieren un sentido más noble y coherente. Así, ya no dependemos únicamente de cómo nos sentimos en el momento; ahora son nuestros propósitos y valores los que nos impulsan a avanzar, incluso en los días en que la motivación emocional parece faltar.
No se trata de grandes metas, sino de saber que lo que hacemos tiene sentido para nosotros.
El autocuidado emocional, físico, social y mental no es un lujo: es una práctica que sostiene la autoestima.
Hábitos como dormir bien, alimentarse adecuadamente, moverse, pedir ayuda y tener momentos de pausa fortalecen los circuitos cerebrales que regulan el estado de ánimo y reducen el estrés crónico.
Una persona con autoestima sana entiende que cuidarse es un acto de responsabilidad, no de egoísmo.
Referencias
- Branden, N. (2016). Los seis pilares de la autoestima. Barcelona: Ediciones Paidós.
- Brown, B. (2013). El poder de la vulnerabilidad. Barcelona: RBA.
- Brown, B. (2017). Más fuerte que nunca: Cómo afrontar la adversidad con valentía y transformar el dolor en crecimiento. Barcelona: Grijalbo.
- Damasio, A. (2010). El Error de Descartes. Barcelona: Destino.
- Garaigordobil, M. (2013). Autoestima: Desarrollo, evaluación e intervención. Madrid: Editorial Pirámide.
- Panksepp, J. (2011). Affective Neuroscience. Oxford University Press.